El nombre de Cagliostro fue el último –y el más conocido– de los disfraces que a lo largo de su vida adoptó el siciliano Giuseppe Balsamo. Nacido en 1743 en el seno de una humilde familia palermitana, su infancia en las calles no permitía adivinar en absoluto que años más tarde llegaría a codearse con la flor y nata de las cortes europeas. Más bien todo parecía presagiar que sería otro pobre infeliz de los muchos que pululaban por la capital siciliana.
Su madre viuda quiso enmendar su destino enviándolo al seminario de Palermo y al convento de la Misericordia en Caltagirone, pero en ambos casos el joven Balsamo consiguió dejar huella de su precoz talento. Del seminario se fugó y del convento consiguió que lo expulsaran por licencioso, no sin antes sustraer al farmacéutico del cenobio los secretos mejor guardados de su libro de remedios y conseguir que un joyero le comprara el mapa de un suculento tesoro que nunca fue hallado.
